CAPÍTULO 3

EL ERROR DE PARAR DEMASIADO LOS EJERCICIOS

🟤 Área

Observar y corregir

📚 Serie

Errores habituales del entrenador 

Uno de los errores más habituales en el fútbol base es creer que cuanto más corregimos, más aprenden los jugadores. Y, en consecuencia, detener el ejercicio una y otra vez para explicar, corregir o dar instrucciones.

La intención suele ser buena. Queremos que comprendan el ejercicio, que ejecuten mejor una acción o que no repitan un error. Sin embargo, cuando interrumpimos continuamente la tarea, rompemos el ritmo del aprendizaje.

El fútbol es un deporte de continuidad. Los jugadores aprenden observando, decidiendo, equivocándose y volviendo a intentarlo. Cada vez que detenemos el juego, desaparecen la intensidad, la concentración y el contexto real en el que deben tomar decisiones.

Además, existe otro problema: mientras el entrenador habla, los jugadores dejan de pensar. Esperan la solución desde fuera en lugar de buscarla por sí mismos. Con el paso del tiempo se vuelven dependientes de las explicaciones y pierden autonomía.

Esto no significa que nunca debamos parar un ejercicio. Hay momentos en los que una intervención es necesaria: cuando el objetivo no se está cumpliendo, cuando aparece un error común que afecta a todo el grupo o cuando una corrección puede mejorar claramente el aprendizaje. Pero esas intervenciones deben ser breves, concretas y con un propósito claro.

En muchas ocasiones resulta mucho más eficaz dejar que el ejercicio continúe y corregir sobre la marcha con una pregunta, una pista o una consigna individual. Así el jugador sigue viviendo la situación real mientras aprende.

Un buen entrenador no mide su trabajo por la cantidad de veces que habla, sino por la calidad del aprendizaje que genera. Cuanto más tiempo están jugando los futbolistas, más oportunidades tienen de pensar, decidir y mejorar.

El entrenamiento debe parecerse lo máximo posible al partido. Y en un partido nadie detiene el juego cada treinta segundos para explicar qué hacer.

Reflexión final

Cada vez que paras un ejercicio, pregúntate: “¿Esta corrección es realmente necesaria o estoy interrumpiendo un aprendizaje que podía producirse por sí solo?”

Porque, muchas veces, el mejor aprendizaje ocurre mientras el juego sigue vivo.