PORQUE UNA BUENA SESIÓN NO NACE POR CASUALIDAD

Seguro que alguna vez te ha pasado. Llegas al campo con varias tareas apuntadas en una libreta. Empieza el entrenamiento, haces una, luego otra, luego otra más... y cuando termina la sesión te queda una sensación rara. Los jugadores han entrenado, sí. Han corrido, también. Pero no sabes muy bien qué han aprendido.

Y ahí está la diferencia.

Porque una sesión no es una colección de ejercicios.

O al menos no debería serlo.

A veces nos preocupamos mucho por encontrar la tarea perfecta. Esa que hemos visto en redes sociales o en un curso y que parece espectacular. Y mientras estamos pensando en los conos, los comodines y las dimensiones, se nos olvida lo más importante.

¿Qué quiero que aprendan mis jugadores hoy?

Porque si no tienes clara esa respuesta, da igual lo buena que sea la tarea.

Será entretenida.

Será bonita.

Pero poco más.

Para mí una buena sesión empieza mucho antes de que los jugadores lleguen al campo. Empieza cuando te sientas un rato y piensas qué necesita tu equipo. Qué está haciendo bien. Qué le cuesta más. Qué comportamiento te gustaría ver más veces durante los partidos.

A partir de ahí empiezas a construir.

Y entonces sí aparecen las tareas.

Pero ya no las eliges porque te gustan.

Las eliges porque te ayudan a provocar lo que quieres trabajar.

Y eso cambia mucho las cosas.

Porque de repente la sesión tiene sentido.

Una tarea te lleva a la siguiente. Los jugadores se encuentran varias veces con el mismo problema. Empiezan a reconocerlo. Empiezan a buscar soluciones. Y sin darse cuenta van aprendiendo.

Que al final es de lo que va todo esto.

No de hacer entrenamientos espectaculares.

No de poner veinte conos.

No de llenar la libreta.

Va de ayudar a los jugadores a entender un poquito mejor el juego cuando se van a casa.

Y eso, créeme, casi nunca ocurre por casualidad.


CÓMO CONSTRUIR UNA SESIÓN

Si me preguntas cuál es el error más habitual cuando diseñamos un entrenamiento, te diría que muchos entrenadores empiezan por el ejercicio. Ven una tarea que les gusta, la guardan y luego intentan encajarla en la sesión.

Yo prefiero hacerlo al revés.

Primero pienso qué quiero que aprendan mis jugadores.

Y después construyo el camino para llegar hasta ahí.

Porque una sesión es como un viaje. Si no sabes dónde quieres llegar, da igual el camino que tomes.

Por ejemplo, si quiero trabajar la amplitud, todas las tareas deberían ayudar a que esa situación aparezca una y otra vez. Si quiero trabajar la presión tras pérdida, mis jugadores deberían encontrarse continuamente con situaciones donde tengan que reaccionar después de perder el balón.

Cuando tengo claro el objetivo, empiezo a ordenar la sesión.

Normalmente me gusta empezar con una tarea sencilla que conecte a los jugadores con la idea principal. Después voy aumentando la complejidad y termino con una situación más real donde puedan aplicar lo trabajado.

No se trata de que las tareas sean espectaculares.

Se trata de que tengan relación entre ellas.

Porque cuando una tarea no conecta con la siguiente, el entrenamiento se rompe. Los jugadores cambian de actividad, pero no de aprendizaje.

Y ahí es donde muchas veces perdemos una oportunidad enorme.

Diseñar una sesión no consiste en llenar noventa minutos.

Consiste en construir experiencias que ayuden a los jugadores a entender mejor el juego.

Y para eso hace falta tener una idea clara desde el principio