EL LIDERAZGO
EL EJEMPLO ES LA PRIMERA HERRAMIENTA DEL ENTRENADOR
Muchas veces nos preocupamos por encontrar la tarea perfecta, la charla perfecta o la corrección perfecta. Y mientras buscamos todo eso, se nos olvida algo mucho más importante.
Los jugadores hacen más caso a lo que ven que a lo que escuchan.
Puedes hablar de puntualidad, pero si llegas tarde, el mensaje pierde fuerza.
Puedes hablar de respeto, pero si faltas al respeto al árbitro o a un rival, el mensaje desaparece.
Puedes hablar de compromiso, pero si eres el primero que baja los brazos cuando las cosas van mal, los jugadores lo notan.
Los niños y los jóvenes observan constantemente. Observan cómo hablas, cómo reaccionas, cómo ganas y cómo pierdes. Observan incluso cuando crees que nadie te está mirando.
Por eso el ejemplo tiene tanto peso.
No hace falta ser perfecto. Nadie lo es. Pero sí intentar ser coherente. Intentar que lo que pedimos a los jugadores también estemos dispuestos a exigirnoslo a nosotros mismos.
He aprendido que muchas veces la mejor corrección no sale de una explicación brillante. Sale de un comportamiento. Sale de una actitud. Sale de una manera de actuar.
Porque al final, un entrenador enseña fútbol. Pero también enseña muchas otras cosas sin darse cuenta.
Y esas son, precisamente, las que más suelen recordar los jugadores cuando pasan los años.
LIDERAR NO ES GRITAR MÁS FUERTE
Cuando empecé a entrenar pensaba que tenía que estar encima de todo. Corregir cada pase, cada control, cada movimiento. Creía que cuanto más hablara, mejor entrenador sería. Y la realidad era justo la contraria. Yo acababa agotada y los jugadores terminaban dependiendo demasiado de mí.
Con los años entendí que liderar no va de tener siempre la respuesta ni de levantar más la voz que nadie. Va de conseguir que un grupo crea en lo que hace. Va de ser coherente. Va de tratar igual al que juega todos los minutos y al que apenas participa. Va de estar cuando las cosas salen bien, pero sobre todo cuando salen mal.
He conocido entrenadores que sabían muchísimo de fútbol y no conectaban con sus jugadores. Y también entrenadores mucho más sencillos que conseguían que sus equipos fueran una familia. La diferencia casi nunca estaba en la táctica. Estaba en la forma de tratar a las personas.
Los jugadores escuchan lo que dices, pero sobre todo observan lo que haces. Si les hablas de respeto, tienes que respetar. Si les hablas de compromiso, tienes que comprometerte. Si les pides calma, no puedes perder los nervios a la primera dificultad.
Al final, liderar no consiste en que te obedezcan. Consiste en que confíen en ti. Y esa confianza no aparece en una charla ni en una reunión. Se construye poco a poco, entrenamiento tras entrenamiento, conversación tras conversación, detalle tras detalle.
Porque un entrenador puede organizar tareas maravillosas. Pero lo que realmente deja huella son las personas que ayuda a crecer por el camino.
NO TODOS LOS LÍDERES LLEVAN BRAZALETE
A veces nos empeñamos en buscar al líder del equipo y miramos directamente al capitán. Es normal. Lleva el brazalete, habla antes de los partidos y parece que tiene que ser el referente. Pero muchas veces no es así.
Hay jugadores que no hablan casi nunca y sostienen un vestuario entero. Son los que entrenan siempre al máximo, los que ayudan a un compañero cuando está mal, los que no ponen excusas y los que aparecen cuando el grupo los necesita. No salen en las fotos, no suelen ser los más llamativos, pero cuando faltan se nota.
Por eso creo que los entrenadores tenemos que aprender a mirar más allá del brazalete. Porque el liderazgo no siempre hace ruido. A veces aparece en los pequeños detalles. En una mirada. En una ayuda. En un gesto que pasa desapercibido para casi todo el mundo. Y muchas veces esos son los líderes que más huella dejan dentro de un equipo.
CUANDO EL GRUPO DEJA DE CREER
Hay momentos en los que notas que algo ha cambiado. No hace falta que nadie te lo diga. Lo ves en las caras. Lo ves en los entrenamientos. Lo ves en esos pequeños detalles que antes no estaban y ahora aparecen por todas partes.
Las correcciones ya no tienen el mismo efecto. Las conversaciones duran menos. La energía baja. Y empiezas a sentir que el mensaje ya no llega igual que antes.
Lo primero que solemos hacer es buscar fuera. Pensamos que el problema son los resultados. Que son los jugadores. Que es el ambiente. Que es la mala suerte.
Y a veces sí. Pero otras veces toca mirarse al espejo.
Porque hay grupos que dejan de creer no por perder partidos, sino porque dejan de entender hacia dónde van. Los jugadores pueden aceptar una derrota. Pueden aceptar una mala racha.
Lo que llevan peor es no saber qué está pasando. Por eso, cuando noto que algo se está rompiendo, intento volver a lo sencillo. Hablar claro. Escuchar más. Explicar menos. Recordar por qué empezamos. Recordar qué queremos ser como equipo.
Muchas veces buscamos soluciones complicadas para problemas que necesitan conversaciones sencillas. No siempre hace falta cambiar la alineación o cambiar el sistema. A veces hace falta sentarse y escuchar.
Porque detrás de cada jugador hay una persona. Y detrás de cada equipo hay un montón de emociones que no percibimos a simple vista.
He aprendido que un grupo no deja de creer de un día para otro. Es algo que ocurre poco a poco. Igual que la confianza se construye poco a poco, también puede desgastarse poco a poco.
Por eso hay que estar atentos. Porque cuando un equipo cree, todo cuesta menos. Y cuando deja de creer, todo pesa más. Incluso las cosas más sencillas.
Por suerte, la confianza se puede recuperar. No con discursos largos. No con promesas. No con castigos. Se recupera estando cerca. Siendo coherente. Haciendo que el grupo vuelva a sentirse parte de algo. Y cuando eso ocurre, el equipo vuelve a caminar.
Quizá más despacio. Quizá con cicatrices.Pero vuelve a caminar.
Y eso, para un entrenador, vale más que muchas victorias.
LA CONFIANZA NO SE EXIGE, SE GANA
Cuando empecé a entrenar pensaba que la confianza venía con el cargo. Que por ser la entrenadora los jugadores ya iban a creer en mí. Con el tiempo descubrí que estaba equivocada. La confianza no viene con el silbato, ni con el chándal, ni con los años que llevas entrenando. La confianza te la ganas.
Te la ganas siendo la misma persona cuando ganas y cuando pierdes. Te la ganas cuando eres justa. Cuando cumples lo que dices. Cuando un jugador sabe que puede acercarse a hablar contigo sin miedo a que le juzgues. Te la ganas cuando las cosas salen mal y no empiezas a buscar culpables por todas partes.
He conocido entrenadores que sabían muchísimo de fútbol y muy poco de personas. Y también he conocido otros que quizá no tenían tantas respuestas, pero conseguían que sus jugadores fueran con ellos hasta el fin del mundo. La diferencia casi nunca estaba en la táctica. Estaba en la confianza.
Porque al final los jugadores no necesitan un entrenador perfecto. Necesitan alguien que les ayude cuando fallan, alguien que les diga la verdad, alguien que esté cuando las cosas van bien y también cuando vienen mal dadas. Necesitan alguien que no cambie cada semana según el resultado del sábado.
La confianza no se construye en una charla. Ni en una reunión. Ni en una publicación de redes sociales. Se construye en el día a día. En una conversación después de entrenar. En una corrección hecha con respeto. En una decisión difícil. En un pequeño detalle que quizá nadie ve, pero que los jugadores sí sienten.
Y lo curioso es que tarda mucho tiempo en construirse y muy poco en romperse. Por eso hay que cuidarla. Porque cuando un grupo confía en su entrenador aparecen cosas que no salen en ninguna pizarra. Aparece el compromiso. Aparece la unión. Aparece la sensación de que todos reman en la misma dirección.
Y cuando eso ocurre, el fútbol se vuelve mucho más sencillo. Porque ya no se trata solo de once jugadores detrás de un balón. Se trata de un grupo de personas que creen en algo y que creen en quien las guía. Eso, para mí, es la verdadera confianza.
EL DÍA QUE ENTENDÍ QUE NO PODÍA GUSTARLE A TODO EL MUNDO
Si entrenas durante suficientes años, llega un momento en el que lo entiendes. Antes o después, pero lo entiendes.
No le vas a gustar a todo el mundo.
Habrá jugadores encantados contigo y otros que no tanto. Habrá familias agradecidas y otras que cuestionarán cada decisión. Habrá gente que valore tu trabajo y gente que piense que lo haría mejor.
Y no pasa nada.
Porque el día que intentas contentar a todo el mundo empiezas a dejar de ser tú. Empiezas a tomar decisiones pensando más en las reacciones que en lo que realmente crees que es mejor para el equipo.
Escuchar está bien. Aprender está mejor. Pero vivir pendiente de la aprobación de los demás es agotador.
Yo prefiero otra cosa. Prefiero equivocarme siendo fiel a mis ideas que acertar intentando agradar a todo el mundo. Porque al final los jugadores cambian, las temporadas pasan y las opiniones van y vienen. Lo único que te acompaña siempre es la forma en la que decides hacer las cosas.
Y cuando tienes claro quién eres como entrenadora, todo resulta mucho más sencillo. Aunque no todo el mundo esté de acuerdo contigo.
AUTORIDAD Y CERCANÍA: EL EQUILIBRIO MÁS DIFÍCIL
Ni tan lejos que nadie se atreva a hablar contigo ni tan cerca que dejen de verte como entrenadora. Ahí está el lío.
Muchas veces escucho que un entrenador tiene que marcar distancias. Otros dicen justo lo contrario, que hay que ser cercano. Yo creo que las dos cosas son verdad y mentira al mismo tiempo.
Los jugadores necesitan sentir que pueden hablar contigo. Que pueden equivocarse. Que pueden acercarse cuando tienen un problema. Pero también necesitan saber que hay unas normas, unos límites y alguien que toma decisiones.
El problema llega cuando confundimos cercanía con colegueo o autoridad con miedo. Ni una cosa ni la otra suele funcionar demasiado tiempo.
Al final la autoridad no te la da el cargo. Te la da la coherencia. Que hagas lo que dices. Que seas justo. Que el grupo vea que no cambias según sople el viento. Cuando eso ocurre, no hace falta levantar la voz constantemente. El respeto aparece casi solo.