CORREGIR CADA ACCION DEL JUGADOR 

Seguro que te ha pasado alguna vez. Empieza un ejercicio, un jugador falla un pase y automáticamente lo paras para corregir. El ejercicio continúa apenas unos segundos, otro jugador se equivoca y vuelves a detenerlo. Sin darte cuenta, el entrenamiento tiene más interrupciones que continuidad.

Lo hacemos con buena intención. Queremos ayudar, queremos que el jugador mejore y que el ejercicio salga bien. Pero muchas veces conseguimos el efecto contrario. El jugador deja de interpretar lo que ocurre en el campo y empieza a mirar constantemente al entrenador, esperando la siguiente corrección. Poco a poco deja de decidir por sí mismo y pasa a depender de nuestra voz.

Imagínate un rondo. Un jugador pierde un balón y paras el ejercicio. Corriges el perfil corporal, el control y la dirección del pase. Dos acciones después vuelve a aparecer otro error y vuelves a parar. Ahora pregúntate una cosa: ¿cuánto tiempo han estado aprendiendo jugando y cuánto tiempo han estado escuchando al entrenador?

No todos los errores necesitan una explicación inmediata. Hay veces que el propio juego ya está enseñando. Hay compañeros que corrigen con una simple ayuda, y hay jugadores que necesitan equivocarse dos o tres veces para encontrar la solución por sí mismos. Ese aprendizaje suele ser el que más dura.

Eso no significa que no debamos corregir. Significa que debemos elegir muy bien el momento. Un buen entrenador no es el que más habla ni el que más interrumpe. Es el que sabe observar, esperar y aparecer justo cuando su intervención realmente ayuda al jugador a crecer.

Porque corregir mejor no significa corregir más. Significa corregir cuando el jugador realmente lo necesita.